domingo, 24 de agosto de 2014

Los 40 del presidio

Apostados entre las almenas desde hacía días, los supervivientes de las que fuimos 78 almas nos afanábamos en cumplir con nuestro deber. A los 40 de mi unidad se nos ordenó liberar a los presos y ponernos al servicio de Antonio Joven dos días atrás, cuando el arbolado titán holandés emergió en el horizonte. Setenta y cuatro flamantes navíos con patente de corso, la mayor flota vista jamás hasta la fecha, llamados a hacerse con una plaza clave en las rutas al Nuevo Mundo.

Desde entonces, plomo, humo y estruendo se enseñorearon del cielo. El genio del ingeniero Torriani, materializado en la excelente disposición de las baterías de costa y la integridad de las fortificaciones, nos había dado a los insulares una posibilidad mínima de salir victoriosos de una batalla de otro modo perdida. ¡Y voto a Dios si no la estábamos aprovechando! Mientras el castillo de La Luz siguiera en pie, escupiendo fuego, mandando al fondo del mar nave tras nave, aún quedaba esperanza.

El último de los proyectiles que yo, Alonso de Toledo, había echado a volar con bendiciones, acababa de destrozar la cubierta de una nave, mandando a media tripulación al lugar donde pacen las almejas. Fue entonces cuando escuché tras de mí la voz del alcalde de la fortaleza.

-¡La Luz se rinde! ¡¿Me escucháis?! ¡Nos rendimos! -gritaba nervioso Don Antonio-.

A su alrededor aguardaban casi dos docenas de soldados con los mosquetes cargados y en ristre. Esperaban discrepancias, estaba claro, lo que no hacía sino añadir más suspicacia al amargo guiso. Los 40 del presidio nos mirábamos atónitos los unos a los otros. ¡Aquello no podía estar sucediendo! Pronto el desconcierto devino en indignación, en ardiente rabia, a medida que la palabra "traición" transitaba desde las vísceras hasta las gargantas de los hombres, pujando por salir.

-¡Señor, si nos rendimos, la ciudad perderá toda posibilidad de frenar al holandés! -espetó nuestro cabo de escuadra forzando un tono conciliador-. ¡Aún queda polvora y coraje para obligarlos a cenar sopa de pescado! -trataba de hacerse escuchar sobre los cañonazos de Santa Catalina y Santa Ana-.

-¡He dicho que nos rendimos, cabo!

-¡Pero, señor...! -comenzó a decir el cabo mientras daba dos desesperados pasos hacia el alcalde-.

Antes de que diera el tercero, uno de los hombres de Don Antonio, temeroso de lo que podía desatarse, descerrajó su cobardía en la frente del pobre cabo, que cayó al suelo sin vida entre sus hombres. A partir de ahí, un largo instante de duda, tensión y tentativas frustradas antes siquiera de ser gesto... La palabra maldita escapó de algunos labios; el traidor se escondió tras sus hombres; los del presidio furiosos, rugiendo improperios; las manos empuñando sables enfundados, contenidas por los últimos jirones de disciplina castrense y un maltrecho sentido común; los guardias del alcalde apuntando a cada soldado. Si hubiéramos acertado a actuar en concierto, los hubiéramos aplastado; pero quedaríamos menos de la mitad y la fortaleza sería ingobernable.

-¡No toleraré la insubordinación! ¡Deponed las armas todos vosotros! ¡Ahora mismo!

Y así se hizo. La Luz fue silenciado; los 40, apresados.

Supimos más tarde que la rendición del castillo cambió el curso de la batalla. Fuera de los muros de La Luz, los hombres de la compañía de La Vega, que habían venido frenando el desembarco, se vieron superados por la avalancha de barcas que avanzó por el flanco de la isleta. Acabamos conociendo también la noticia de la heróica muerte de Don Cipriano de Torres, capitán al mando de la compañía, de quien dicen ensartó tres lanzadas al mismísimo almirante enemigo antes de ser abatido por su guardia personal.

Van Der Does en persona tomó posesión del castillo, luciendo un vendaje improvisado allí donde debió morder el asta de Cipriano. Fue recibido por Antonio Joven, que se deshizo en halagos y reverencias. El corsario lo recibió soriente, pero, cuando lo tuvo enfrente, lo atravesó en el bajo vientre con un largo puñal. Luego, para que lo escuchásemos los presentes, dijo en un español casi sin acento "¡Roma no paga traidores!". Nuestros temores se veían así confirmados: habíamos sido vendidos, nosotros y la ciudad entera.

Durante los siguientes tres días, más de 6.000 hombres se enfrentaron a unos pocos millares, que no estuvieron dispuestos a permitir que la historia de aquella ciudad la escribieran los herejes, que sus hijos fueran los de otro, que les arrebatasen todo lo bueno que conocían. Y cuando las murallas cayeron, los insulares envenenaron sus pozos; combatieron en el Lentiscal, emboscaron en cada risco y matorral; tiraron de plomo, acero, piedra y puños. El coraje y entrega de los defensores convirtieron aquella masacre en una estampa gloriosa. Y finalmente, el herido y desmoralizado holandés se vió forzado a abandonar la ciudad, renunciando a mantenerla para sí, avergonzado.

Cinco años después de aquello, tras mil y una calamidades, tras ser vendidos como esclavos o muertos por enfermedad, apenas 13 de los que fuéramos conocidos como los 40 del presidio regresamos a la isla; solo para econtrar que nos esperaba un juicio por traición.

Por eso y por todo lo que acabo de contar a la noche desnuda, ruego a Dios que me perdone por no ser capaz de perdonar. Con la cordura y moral que me restan, le he buscado nueva sepultura al traidor. Hoy he dado mala muerte a su osamenta: una peor que la que me hubiera gustado darle mientras vivía. La he enterrado de nuevo, esta vez tal y como merece un no cristiano, fuera de terreno sagrado y boca abajo. Condenado a no descansar en el mismo lugar que los valientes, que los leales, que los que supieron vivir y morir con honor, sin aspirar a más cosa. Ahora se ha hecho justicia, ahora podré yo descansar.


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